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martes, 25 de febrero de 2014

UN PESCADOR DE GAZA RESCATA UNA ESTATUA DEL DIOS APOLO.

NOTICIAS:





Un pescador ha Rescatado de las contaminadas y aguas de Gaza Cercadas Una Estatua del dios Apolo de 1,8 metros y 500 kilos de peso, del hecha en bronce Entre Los Siglos V y I los antes de Cristo, porque excepcional sin precedentes existencial De Una Figura griega Clásica una cola naturales y sus pelotas hay mar de piedra o Mármol en todo Oriente Medio. El Hallazgo arqueológico del Siglo en la franja ha Estado escondido Entre mantas de Los Pitufos, ha Sido mutilado-se le han del cortado Varios Dedos párr llevárselos a tasadores, unos ha Sido pusto A la venta en la web de Subastas eBay-por € 365,000 - y finalmente ha Sido confiscado Por El Gobierno de Hamás, investiga Que do origen y Trabaja "en do Restauración y Exhibición", Explica el Ministerio de Turismo y Antigüedades.
La historia de datos de agosto, Cuando Jouda Ghurab -26 Jahr, padre de dos Hijos-se Hizo al mar En busca de calamares y sardinas. Unos metros CIEN mar adentro, CASI Rozando aguas egipcias, vio Lo Que le parecio Un cuerpo quemado. De Se sumergió un entre Cuatro y Cinco metros Alli y, Sobre las Rocas, el Encontro Apolo. Marcó la zona estafa Una roja, busco la Ayuda de Seis amigos y, cinco horas Más Tarde, la Estatua estába en tierra. Un dedo en sí rompio en el Camino.
El hombre de bronce, rizos Sobre la Frente y Brazos Abiertos, FUE Llevado a la Casa Familiar en Deir al Balah. Su Madre le tapo Rauda el los genitales, ja Explicado a  Bloomberg BusinessweekComenzó entonces la consulta sin un primo joyero, Qué acabo amigos estafadores Hablando Miembros de las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa-Brazo armado de Hamás-, Que se llevaron la figurativo en plena noche, en la ONU burro sin porción tirado camión. El Apolo estuvo Semanas en Beit Lahia, al norte de la franja, oculto.
La Existencia de La Pieza sí conoció cuando los allegados de Ghurab contactaron estafa Jawdat Khoudary, Propietario del hotel Al Mathaf (El Museo), coleccionista Conocido. "Me enseñaron sin vídeo Y me di Cuenta de Que era Algo Importante. Salvarlo Que Habia, Evitar la corrosión, hacer Una limpieza de sangre de emergencia. Por Eso Contacte estafadores Las Autoridades ", Explica. mientras Daba La Voz de Alerta, la Estatua Salia una puja en eBay. Quien la Quisiera debia ir a recogerla a Gaza, rezaba la ficha, sin ejemplo de la locura Que a compana un this istoria, porque La Franja Es Un Territorio Cerrado del Que No Se entra ni se permisos venta pecado, difícilmente alcanzables.
Mohamed Khillah, subsecretario de Turismo y Antigüedades, confirmación Que "la Investigación Aun no está en marcha", Expertos Varios Pues configuraciones regionales de han manifestado sos Dudas Sobre la estancia del Apolo en agua. Por los Primeros Análisis Creen Que procede, en Realidad, De Una Excavación ilegal en tierra. Se ha de Puntos Creado ONU Comité párr Estudiar la obra, Que ha calculado su Precio Entre 15 y 30 Millones de euros. mientras, sí guarda en el Ministerio del Interior.
Khoudary ha activado do rojo de amistades Internacionales Para Qué ayuden a la Restauración. El Religioso Francés Jean Baptiste Humbert ya ha contactado extraoficialmente Con El Museo del Louvre, Qué ha mostrado "Interés" en Ayudar. El Problema es Que Hamás no está considerado Una Organización terrorista por Estados Unidos y la Unión Europea, Por Lo Que Colaboración Cualquier estafa do Seria Administración sancionable. Su islamismo, además, géneros Dudas Sobre si Un día expondrá esta pieza bronceado Única de COMO impúdica. La Con 5.000 Años de Historia, el Hogar de Egipcios, filisteos, romanos, bizantinos y cruzados, la tierra Por La Que Peleo Alejando Magno es Hoy sin foco de memoria sepultada Por La Política, la Guerra y la Pobreza.


FUENTE-El País.

martes, 3 de diciembre de 2013

EL REY QUE NADABA EN ORO.

CURIOSIDADES:



Rico como Creso» es un dicho que todavía hoy se usa en inglés, en referencia a la proverbial riqueza de quien fue el último rey de Lidia, en el siglo VI a.C. Su leyenda, de origen griego, es semejante a la que circulaba en torno al rey frigio Midas, quien había convertido el Pactolo, que pasaba por Sardes, en un río de oro al tocar sus aguas. Creso y Midas, que reinaron en distintas regiones de la actual Turquía, eran casos ejemplares de cómo la riqueza no aseguraba al ser humano una vida feliz. Pero Creso no era un rico avaro, como Midas, sino un monarca generoso. Heródoto narra que antes de la batalla final contra Ciro de Persia, cuando éste invadió su reino, Creso «inmoló tres mil cabezas de todas las especies de ganado aptas para sacrificios y, además, levantó una enorme pira compuesta de lechos repujados en oro y plata, copas de oro, vestidos dePúrpura y túnicas, y le prendió fuego con la esperanza de que estas valiosas ofrendas le otorgasen el favor del dios; asimismo, ordenó a todos los lidios que cada cual sin excepción sacrificara lo que pudiera».

A continuación, Creso ordenó reunir un gran tesoro para enviarlo como ofrenda al templo del dios Apolo en Delfos. Según la detallada descripción que hace Heródoto, incluía 117 lingotes de oro, cuatro de ellos de oro puro, con un peso de 65 kilos; la estatua de un león de 260 kilos de oro puro, montada sobre un pedestal de lingotes de oro blanco de 6.000 kilos; cuatro vasijas de plata, dos aguamaniles de oro y plata, jofainas redondas de plata, una efigie de oro de tres codos de altura, collares, ceñidores y dos enormes cráteras, una de oro de 221 kilos y otra de plata con una capacidad de 11.000 litros, que los sacerdotes delfios utilizarían a partir de entonces en las fiestas primaverales de las Teofonías de Apolo para mezclar el agua y el vino. Por último, Creso obsequió a cada ciudadano de Delfos con dos estáteros de oro, la primera moneda de oro.

Las fastuosas ofrendas de Creso al santuario de Delfos fueron tan sólo un aspecto de las intensas relaciones que mantuvo el rey lidio con el mundo griego. Su padre había llevado la frontera del reino al río Halys, sometiendo a Frigia a cierto vasallaje (probablemente consentido, como protección frente a las incursiones de cimerios y medos), y se había expandido por la costa egea, sometiendo Caria, región de la que procedía la madre de Creso y que éste gobernó siendo un joven príncipe. Cuando ascendió al trono, con 35 años, Creso prosiguió la política de sometimiento de las ciudades griegas; de ahí que el gran historiador griego Heródoto dijera de él que «fue el primero, que yo sepa, en iniciar actos injustos contra los griegos». Esta agresión sería la causa del castigo divino que se cernió sobre Creso, cuyo instrumento fue Ciro, el fundador del Imperio persa. Según Heródoto, Creso cometió el error de invadir Persia, pero Jenofonte opina que el rey lidio fue más bien el líder de una coalición de pueblos unidos para hacer frente a la expansión persa. En cualquier caso, la batalla del río Halys precipitó el fin del reino de Lidia y de su dinastía.

Para salvar la contradicción existente entre el hecho de que un monarca devoto de Apolo fuera derrotado por un rey aún más bárbaro, Heródoto forjó la historia del viaje de Solón de Atenas, uno de los Siete Sabios de Grecia, a Sardes, para entrevistarse con Creso; un encuentro imposible en la realidad histórica puesto que Solón murió en torno a 560 a.C., cuando Creso comenzaba su reinado. El monarca lidio, después de mostrarle sus tesoros, preguntó al sabio si había conocido a un hombre más feliz que él, y Solón mencionó a simples particulares que, habiendo vivido con riqueza suficiente para cubrir sus necesidades, murieron de forma honorable sirviendo a su patria bien en la guerra, bien en la religión. Ante la reacción molesta de Creso, Solón le explicó que no puede juzgarse a un hombre como feliz hasta el final de sus días. En efecto, poco después de la partida de Solón el rey de Lidia sufrió la pérdida de su hijo y heredero Atys, atacado por un jabalí salvaje durante una cacería. Cuando hacia el año 546 a.C. el victorioso rey persa lo condenó a morir en la hoguera, Creso recordó a Solón. Al oír la historia del sabio griego, Ciro decidió perdonar a Creso, lo incorporó a su corte e incluso siguió sus consejos en su guerra contra babilonios y masagetas.

El historiador Jenofonte también sitúa a Creso junto a Ciro, quien le daba lecciones sobre la importancia de ser rico en amigos leales en lugar de atesorar metales. Otro historiador, Ctesias, añade que Ciro otorgó a Creso el gobierno de la gran ciudad de Barene, cerca de Ecbatana, con cinco mil caballeros y diez mil soldados de infantería (versión ratificada por Justino, que habla de la ciudad de Beroe). Sin embargo el poeta Baquílides, quizá la fuente más cercana en el tiempo a los hechos, explicó en un poema que Creso se salvó de la hoguera gracias a una lluvia enviada por mediación del dios Apolo y se exilió junto con sus hijas en el país de los hiperbóreos, una región situada en el norte de Europa. Una crónica babilónica, la Crónica de Nabónido, sostiene en cambio que Ciro mató al rey de Lidia, pero la interpretación es dudosa.

Las múltiples historias que circularon en torno a la riqueza de Creso no son, en todo caso, simples tópicos o leyendas. Por ejemplo, cabe atribuir a los lidios una de las invenciones más duraderas y decisivas en la historia de la humanidad: la moneda. Ello ocurrió probablemente bajo el reinado de Aliates, el padre de Creso. Los lidios se habían especializado en la fabricación de electrum, una aleación de oro y plata obtenida mediante el refinado de las pepitas del río Pactolo, con elevados porcentajes de ambos metales. En un mundo en el que el oro y la plata habían adquirido un valor altísimo como bienes de cambio, el sello que Aliates puso a sus piezas de electrum supuso una garantía de calidad tal para el mercado de la época, que pronto todo Estado que se preciara incorporó su sello a los metales preciosos refinados en sus talleres metalúrgicos.
Por otra parte, las misiones arqueológicas en Sardes, desarrolladas por la Universidad de Princeton (1910-1922) y las de Harvard y Cornell (desde la década de 1950), han ratificado cuanto narran las fuentes literarias respecto a la riqueza del reino de Lidia. Se ha descubierto, por ejemplo, la refinería en la que los metalúrgicos de Sardes realizaban su trabajo de fusión y depuración de las pepitas recogidas en el lecho del Pactolo. Las primeras monedas con el símbolo del león datadas en época de Aliates eran de electrum, mientras que fue Creso quien estableció el sistema bimetálico emitiendo por primera vez monedas de oro y de plata.

Cabe suponer, igualmente, que los ajuares funerarios con los que se enterraron los reyes lidios debieron de ser fastuosos. De las dimensiones de las tumbas lidias da idea el túmulo del rey Aliates, en la necrópolis de Bin Tepeler; su circunferencia de 1.115 metros hace que pueda equipararse en grandiosidad a las pirámides egipcias, a las que incluso es probable que superara en riquezas. Aunque los túmulos de estos reyes fueron saqueados ya en la Antigüedad, se ha podido recuperar un espectacular ajuar lidio en la localidad de Usak, 130 kilómetros al este de la antigua Sardes. Sus 363 objetos, conservados actualmente en el museo de Usak, después de pasar no pocas peripecias, correspondían a una princesa lidia, pero su suntuosidad no deja de hacerle acreedor del nombre que se le dio en el momento de su descubrimiento: «Tesoro de Karun», denominación árabe de lo que sería para nosotros el tesoro de Creso.

Por Pedro Giménez de Aragón Sierra. Profesor de la Universidad de Osuna,

sábado, 2 de noviembre de 2013

EL CONQUISTADOR DE LA INDIA.

CURIOSIDADES:


Cuatro años después de atravesar el Helesponto al frente de su ejército de guerreros macedonios, Alejandro Magno había logrado prácticamente su objetivo de conquistar el Imperio persa. Darío III, el Gran Rey de Persia, convertido en un fugitivo, había sido asesinado por los suyos y todas las grandes capitales persas estaban en poder del caudillo macedonio. Dos años después, en 328 a.C., reprimida la rebelión del líder sogdiano Espitámenes, ninguna región del antiguo Imperio aqueménida escapaba al dominio de Alejandro. Se trataba de un territorio inmenso, de más de cinco millones de kilómetros cuadrados, desde Anatolia y Mesopotamia hasta la meseta iraní y las cuencas de los ríos Oxus y Yaxartes. 
Pero ni siquiera aquello era suficiente para Alejandro. Más allá de la cordillera del Hindu Kush se extendía un territorio legendario y desconocido para los griegos: la India. En el pasado, los reyes persas habían tratado de imponer su ley en la parte más próxima de esas tierras: el este de Afganistán, Pakistán y el valle del Indo, pero no pudieron establecer sátrapas (gobernadores) de forma permanente, y muchos pueblos afirmaban haber sido siempre libres y autónomos, como los malios y los oxidracos. Alejandro se propuso llegar hasta donde no lo hicieron los grandes reyes aqueménidas, internándose en tierras que entre los griegos sólo habían recorrido personajes míticos como Dioniso o Heracles. Y de nuevo, como en los inicios de su epopeya, su marcha conquistadora pareció imparable. En pocas semanas superó las estribaciones del Hindu Kush, sometió a un pueblo tras otro y tomó decenas de ciudades, no sin antes vencer, eso sí, una dura resistencia. Tras cruzar el Indo y derrotar al rey indio Poro en la batalla del río Hidaspes (actual Jhelum), Alejandro se encaminó hacia el valle del Ganges, dispuesto a lanzarse a la conquista de todo el subcontinente indio. Pero cuando se hallaba en el río Hífasis (actual Bias), sus soldados, agotados tras ocho años de correrías ininterrumpidas y temerosos de lo que encontrarían más allá, se negaron a seguirle. Alejandro debió renunciar y volvió a Mesopotamia descendiendo por el valle del Indo y por el golfo Pérsico.

Alejandro no alcanzó, pues, el último extremo de Asia, y tampoco se hicieron realidad las desorbitadas promesas de riquezas que había hecho a sus soldados, a los que había asegurado que llenarían con ellas no sólo sus casas, sino toda Macedonia y Grecia. Pero la aventura india del rey macedonio no fue un fracaso. Más allá de las conquistas frustradas, representó el descubrimiento de un mundo desconocido, envuelto hasta entonces en fantasías y misterios: un primer contacto directo entre Oriente y Occidente que, sin duda, conmocionó a muchos de los que participaron en la empresa y que, además, quedó reflejado en varias crónicas e informes ordenados por el propio Alejandro.

Dentro del imaginario griego, la India era la tierra de las maravillas situada en los confines orientales del mundo, en la que resultaban factibles todas las fantasías y monstruosidades. Antes de la expedición de Alejandro Magno, las noticias eran escasas y poco creíbles a causa de toda clase de exageraciones y deformaciones. Muy pocos griegos se habían aventurado antes por aquellas latitudes. Tan solo Escílax de Carianda recorrió una parte como explorador al servicio del rey persa Darío I, descendiendo el río Indo hasta el océano para navegar luego por sus costas hasta Egipto. Redactó después un relato del viaje repleto de fantasías, a diferencia del detallado informe oficial que cursó a la cancillería persa. Ctesias de Cnido fue el primer griego que compuso un tratado sobre el país, pero no llegó a viajar hasta la India; su información procedía de los viajeros, comerciantes y embajadores que conoció durante los diecisiete años que pasó en la corte persa como médico real. Los relatos de Escílax y Ctesias, que presentaban la India como un escenario pleno de prodigios y maravillas, constituyeron, sin duda, uno de los estímulos para la expedición de Alejandro. 
La India puso a los soldados macedonios ante un paisaje natural completamente diferente del que habían contemplado hasta entonces. Tras las imponentes y elevadas montañas del Hindu Kush, con sus nieves perpetuas y sus profundas y terribles gargantas, los expedicionarios se adentraron en la cuenca del Indo. Este río y sus afluentes los impresionaron por sus dimensiones –casi diez kilómetros de anchura, dicen los testimonios conservados–, por la violencia de sus torbellinos, el ruido atronador que provocaban sus torrentes y sus espectaculares crecidas, que sólo podían equipararse a las del mítico Nilo, capaces de dejar aisladas numerosas ciudades como si fueran auténticas islas en medio del mar. No faltaban tampoco los cocodrilos y peces de gran tamaño. El propio Alejandro, tras contemplar el Indo, creyó haber descubierto por fin las fuentes del Nilo, dado el parecido entre la fauna y la flora de ambos ríos, pero cambió de idea más tarde al avanzar por su curso y tener noticias de que desembocaba en el océano. 

La flora y la fauna de la zona causaron también asombro y sorpresa entre los macedonios y, a la vez, despertaron el interés científico de los expertos que viajaban entre ellos, a los que Alejandro había encargado reunir ejemplares y especímenes para su estudio y catalogación. Los ecos de estos descubrimientos se perciben en obras de carácter científico como el tratado de botánica de Teofrasto, discípulo de Aristóteles, y otros similares que albergó la biblioteca de Alejandría, así como en obras de carácter más trivial y heterogéneo, como colecciones de rarezas y curiosidades, la llamada paradoxografía. Los cronistas griegos contaban que habían visto árboles con troncos tan gruesos que ni siquiera cinco hombres podían abarcarlos con su abrazo. Hablaban de un árbol que poseía unas copas tan densas y extendidas que podían dar sombra a cincuenta jinetes, o incluso hasta cuatrocientos; seguramente era el baniano, un árbol que, en efecto, puede alcanzar dimensiones espectaculares. Algunos árboles producían frutos igualmente enormes y abundantes: «Unas vainas parecidas a una judía, de unos 25 centímetros de largo y que eran dulces como la miel», pero su atractivo aspecto resultaba engañoso, pues «no es probable que sobrevivas si te comes uno», escribió un cronista. Seguramente se trataba de un plátano o, quizá, de un mango. Otros árboles tenían extrañas raíces y unas hojas cuyo tamaño no era menor que el de un escudo. 

Los griegos hallaron igualmente plantas desconocidas y de vivos colores. Las había venenosas, pero otras tenían propiedades medicinales que se apresuraron a aprovechar. Una vez conocido su uso con ayuda de expertos locales, las emplearon para curar a quienes caían enfermos por las severas condiciones climáticas que tenían que soportar, con constantes lluvias que llegaban a pudrir sus ropas y a oxidar sus armas, o por las picaduras de las muchas clases de serpientes e insectos que inundaban el país. Algunas de estas informaciones se conservaron en poemas didácticos como el compuesto por Nicandro, en el siglo II a.C., acerca de los venenos y sus antídotos. 
La variada fauna india fue también  una revelación para los expedicionarios griegos: tigres, papagayos, rinocerontes… Contemplaron numerosas clases de simios, algunos de una talla tan excepcional que al verlos desde la distancia, en unas montañas, los macedonios los confundieron con un ejército en formación.

Los animales que más impresionaron a los invasores fueron los elefantes, sobre todo por su empleo como arma de guerra. Ya en la batalla de Gaugamela, al inicio de la invasión del Imperio persa, la caballería de Alejandro se había enfrentado a ellos, pero entonces eran unos pocos, mientras que el rey Poro, en la batalla del río Hidaspes, alineó ochenta y cinco bestias que aparecían como auténticas fortalezas o torres. Su barritar sembró la confusión entre soldados y caballos, y, en la refriega, los elefantes irritados por las heridas de lanzas y flechas cogían con sus trompas armas y soldados enemigos y los entregaban a sus conductores o los aplastaban directamente con sus descomunales patas. Los cronistas registraron también una escena emotiva, cuando Poro fue derribado y su elefante lo protegió de quienes pretendían despojarlo de sus armas y lo volvió a colocar sobre su grupa. Los elefantes se convirtieron, además, en un preciado botín de guerra o en un regalo que Alejandro recibía con agrado de los diferentes monarcas indios que se le sometían en su imparable avance militar. Los expedicionarios también vieron el ingenioso método de los indios para cazar a los elefantes: cavaban fosas y atraían a ellas a los machos mediante hembras en celo, y luego dejaban que se debilitaran por el hambre hasta domesticarlos.

Los macedonios encontraron asimismo serpientes de gran tamaño, como las pitones de casi siete metros que el rey indio Abisares regaló a Alejandro en el momento de su rendición. Un cronista mostraba su asombro por el número y ferocidad de estas serpientes, que eran una amenaza permanente para los nativos: «En la época de las lluvias se refugiaban en los pueblos más altos y, por tanto, los nativos construían las camas muy por encima del suelo, y aun así se veían forzados a abandonar sus hogares debido a esta abrumadora invasión». Incluso animales más familiares reservaban sorpresas. Los perros adiestrados por el rey indio Sopeithes eran capaces de luchar contra un león y no abandonaban su presa aunque se les fueran cortando lentamente alguna de sus patas.  

Las regiones que atravesaron los macedonios estaban muy pobladas, con infinidad de aldeas y ciudades. Se decía que entre los ríos Hipanis e Hidaspes había nada menos que cinco mil ciudades, y su tamaño generalmente era muy superior al de las ciudades griegas, como pudieron comprobar en el caso de Taxila o Sangala. Además, las plazas estaban fortificadas y defendidas por combatientes experimentados, armados con grandes arcos y temibles carros de guerra, y sus monarcas aparecían engalanados con piedras preciosas y seguidos por suntuosos y espectaculares cortejos. Los usos y las costumbres del pueblo indio resultaban de lo más exótico para los griegos, empezando por su atavío. Un cronista escribía: «Físicamente, los hindúes son delgados. Son altos y mucho más ligeros de peso que otros hombres… Llevan pendientes de marfil (al menos los ricos), se tiñen la barba, unos del blanco más puro, otros de azul oscuro, rojo, púrpura o incluso de verde. Visten ropas de un lino que resulta sumamente luminoso, llevan una túnica que les llega hasta la pantorrilla y se cubren los hombros con un manto. Otros se lo enrollan en la cabeza». 




Destacaron también la longevidad, la frugalidad y la buena salud de los habitantes de algunas regiones que atravesaron, como el país de Musicano, que Onesícrito, el almirante de la nave, describió como si fuera una auténtica tierra de utopía por las condiciones ideales de que gozaban sus moradores. Pero no dejaron de recoger costumbres menos ejemplares, como el satí, la quema de las viudas en la pira funeraria de sus difuntos maridos, «honor» que a veces se disputaban varias de las esposas del muerto.
Pese a la gran distancia cultural entre el mundo indio y el helénico, los expedicionarios de Alejandro destacaron similitudes, sobre todo en el terreno religioso. Por ejemplo, creyeron hallar las huellas de Dioniso, el dios del vino, en la región de Nisa, en un monte llamado Meros, término que en griego significaba «muslo», justamente la parte del cuerpo en la que Zeus cosió el feto del dios tras la muerte de Sémele, su madre. Los griegos se apresuraron a organizar un sacrificio al dios: «Muchos oficiales de alto rango se adornaron con guirnaldas de hiedra y cayeron rápidamente en trance, poseídos por el dios, e invocaron la llamada de Dioniso, corriendo frenéticamente en desbandada». Si los indígenas aceptaron con gusto esta asimilación, que les garantizaba un trato benevolente por parte de los conquistadores, para Alejandro aquello era la confirmación de que estaba emulando las andanzas del dios por aquellas tierras y estableciendo su dominio sobre el mundo. 
La conquista de la India por Alejandro Magno sirvió para concienciar al monarca macedonio y a sus hombres de las enormes dimensiones del continente, que se extendía mucho más allá del punto hasta el que habían llegado y de lo que las especulaciones previas de los griegos suponían. Gracias a las conquistas y sus descubrimientos, la lejana India quedó mejor integrada en la representación griega del mundo, como se aprecia en el nuevo mapa del orbe trazado en el siglo III a.C. por Eratóstenes en la biblioteca de Alejandría y posteriormente ampliado por Tolomeo en el siglo II d.C. Pero a pesar de todos estos contactos, la India, aquella tierra ubicada en los confines del mundo, mantendría casi intacta su carga legendaria, un infinito bagaje de fantasías y fabulaciones que durante siglos seguirían asociándose con ella.


Por Francisco Javier Gómez Espelosín. Catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Alcalá,

lunes, 7 de octubre de 2013

LA RETIRADA DE LOS DIEZ MIL.

CURIOSIDADES:


El 3 de septiembre del año 401 a.C., los griegos obtuvieron una de las más señaladas victorias de toda su historia. En Cunaxa, en plena Mesopotamia, un lugar situado a escasa distancia de Babilonia, unos diez mil soldados hoplitas combatieron, aliados con las fuerzas del príncipe persa Ciro el Joven, contra la enorme masa del ejército de Artajerjes II, el Gran Rey de Persia. Ante la durísima crisis económica en la que se hallaba sumida Grecia, los griegos habían buscado en la expedición un medio para ganarse la vida, tentados por las promesas que les había hecho el príncipe, que aspiraba a desbancar del trono a su hermano Artajerjes. Por ello, cuando el Gran Rey lanzó su ataque definitivo contra ellos, entonaron el peán, el cántico de guerra en honor a Apolo, y respondieron con fiereza. Los persas emprendieron la huida y los griegos quedaron dueños del campo.
Pero al día siguiente, los combatientes helenos descubrieron que, antes de aquel lance final de la batalla, Ciro había sido abatido cuando se arrojó temerariamente contra el Gran Rey y su guardia acorazada. Así pues, la victoria final de los griegos no había servido para nada. Peor aún: su situación era de lo más comprometida, pues se encontraban abandonados en tierra hostil, a miles de kilómetros de sus hogares, sin víveres y a expensas del ánimo vengativo de Artajerjes y de sus decenas de miles de guerreros. Unos días después acordaron una tregua con el rey persa, que seguía temiendo su fuerza y que les prometió provisiones y seguridad en su camino de regreso. Pero poco después, Tisafernes, el ministro de confianza del Gran Rey, tendió una trampa a los jefes griegos. Tras invitarlos a un banquete, hizo detener a cinco de los generales griegos y a un nutrido grupo de capitanes y los hizo pasar a cuchillo.
Los griegos quedaron, así, descabezados, embargados por el desánimo y la tristeza, sin saber qué hacer a continuación. Los contingentes del ejército ni siquiera se juntaban, sino que cada uno acampaba en cualquier lugar, sin preocuparse del resto. Los soldados se echaban a dormir cada uno por su lado, dispuestos a dejar pasar los días y las noches hasta que los persas los atacaran y acabaran con ellos. Perdida toda disciplina, los hombres vagaban, desconcertados, sin pensar en el modo de encarar la adversidad.

Fue entonces cuando de entre ellos surgió una voz. El joven ateniense Jenofonte, un aventurero que había marchado con Ciro y los Diez Mil, trató primero de animar a aquellos que más autoridad tenían entre los soldados a fin de convencerles de que debían tomar una decisión. Luego se reunieron todos los soldados en una asamblea y Jenofonte les expuso la situación con claridad. No podían entregar las armas al Gran Rey, como éste les exigía, pues eran ellos quienes habían vencido en la batalla; de hecho, Artajerjes no les atacaba porque sabía que eran militarmente superiores. Por tanto, sólo les quedaba la opción de buscar por cualquier medio un camino de vuelta a casa. También les recordó el crimen cometido por los persas contra la hospitalidad y los juramentos al asesinar a sus generales; por ello, los dioses estarían con ellos y defenderían su causa. Tras exponer su estrategia, Jenofonte preguntó si alguien tenía otra mejor y, como todos callaron, continuó: «El que esté conforme que levante la mano». Todos aprobaron su propuesta. De esta forma, un simple ejército se convirtió en una auténtica comunidad en movimiento, en la que cada miembro participaba en la toma de decisiones; los soldados no servían a Jenofonte ni a otro, sino a sí mismos, teniendo como objetivo la salvación común.

Sin embargo, las dificultades a las que se enfrentaban eran enormes. La principal era la necesidad de hacer acopio de alimentos; aunque existían en el camino aldeas y ciudades donde podrían encontrar sustento, los griegos temían que éstas estuviesen ya en manos del enemigo, quien buscaría dificultarles la huida por todos los medios. Al fin y al cabo, ¿qué prestigio podría quedarle al más poderoso señor del mundo civilizado, como era el Gran Rey, si un puñado de hombres armados podía pasearse impunemente por su reino, tomando sus aldeas y saqueando los campos de su propiedad?

Al emprender la marcha, los griegos organizaron sus fuerzas en formaciones cuadradas, de modo que la impedimenta, los bagajes y los carros quedasen resguardados en el centro de la formación. Jenofonte, por su parte, se hizo cargo de la retaguardia, que debía cubrir cualquier ataque persa. Al no contar con fuerzas de caballería, los helenos temían quedar en inferioridad de condiciones frente a los magníficos jinetes persas, pero nuevamente Jenofonte les exhortó a abandonar cualquier temor, pues, decía, nunca en la guerra alguien había muerto de un mordisco o una coz de caballo, y sí por el filo de una lanza griega. La caballería persa, en efecto, hostigó a la retaguardia griega, a lo que Jenofonte respondió con un contraataque que sus compañeros censuraron por demasiado temerario. Finalmente, los helenos acordaron crear una fuerza de asalto integrada por rodios y cretenses, célebres por su dominio del arco y la honda, con la que frenaron las posteriores incursiones del enemigo contra su zaga. Los griegos se ensañaban con los cadáveres de los persas a los que lograban abatir, desfigurando sus rostros para provocar el pánico y disuadir a los demás de atacarles.

Ante la imposibilidad de cruzar el caudaloso Tigris, los griegos optaron por seguir una áspera y peligrosa ruta por las montañas hacia Armenia. En sus estribaciones vivían los carducos, un pueblo belicoso y hostil, que no dudaron en abandonar en masa sus casas y poblados para presentar batalla a los invasores en los desfiladeros y las colinas, lanzando contra ellos piedras y proyectiles. Para evitar retrasos, los griegos abandonaron entonces a la mayor parte de los esclavos y bestias de carga, a la vez que se servían como guías de prisioneros capturados en escaramuzas o de rehenes apresados en las aldeas. Obligados a avanzar a marchas forzadas, perdieron a menudo muchos hombres en las refriegas por ocupar los pasos de montaña antes que el enemigo. Los amigos de los caídos se dolían de la pérdida, pero seguían adelante, sin dar oportunidad al abatimiento.
Como los carducos les presionaban a cada paso, Jenofonte y los generales reorganizaron el ejército, dividiéndolo en compañías independientes; así ganaban movilidad para tomar las cimas que abrían los pasos de montaña. Llegados al río Centrites, en la frontera con Armenia, que era difícil de vadear, fueron acosados por un gran ejército carduco. Para evitar el ataque mientras cruzaban el río, Jenofonte ideó una curiosa estratagema: mientras parte de los helenos pasaban a la otra orilla, la retaguardia, comandada por él mismo, hizo amagos de ataque en medio de un gran griterío, con lo que logró ahuyentar a los carducos y facilitar a las tropas la travesía del río. Ya en Armenia, los griegos acordaron una tregua con el gobernador persa Tiribazo, aunque la intención de éste era, en realidad, atacarlos en las montañas. Los griegos, desconfiados, advirtieron la treta y atacaron preventivamente, logrando una nueva victoria.

Ni la lluvia ni la nieve, que hacían mella en sus cuerpos, doblegaban en cambio el espíritu de los griegos. Sin embargo aumentaban los enfermos, a causa de la mala alimentación o por comer plantas tóxicas para combatir el hambre con lo que fuese. Algunos heridos pedían que los degollaran, al no poder continuar, pero Jenofonte enviaba con ellos a los más jóvenes para que, por medio de palabras de ánimo o incluso golpes de bastón, les hiciesen seguir la marcha. Habrían de salvarse todos o ninguno.

Sin detenerse en ningún momento, los griegos continuaron haciendo frente a cada pueblo que quería expulsarlos de sus tierras hasta que finalmente llegaron al pie de una montaña llamada Teques. Al coronar la cima, la avanzadilla empezó a proferir gritos, de suerte que Jenofonte, a la zaga, pensó que se trataba de un ataque inesperado o una trampa. Cuando ya todo el contingente corría para auxiliar a los compañeros advirtieron que los gritos decían: «¡El mar! ¡el mar!». Tenían ante sus ojos el mar Negro, y con él una ruta segura por la costa hasta la ansiada patria. Los griegos se abrazaron, lloraron y erigieron un monumento, un gran túmulo sobre el que colocaron pieles de buey, bastones y escudos de mimbre capturados en la guerra. Conmemoraban, así, su fabulosa huida, pero, sobre todo, a los caídos en el camino.

Por-Borja Antela.