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lunes, 30 de septiembre de 2013

CRISTOBAL COLON

CURIOSIDADES:

COLON A SU LLEGADA A AMERICA

El nombre del protagonista de esta hazaña es sobradamente conocido: Cristóbal Colón (1451-1506). Ríos de tinta han corrido sobre el origen del Almirante, fruto de una ambigüedad fomentada en parte por él mismo, por sus hermanos e incluso por su hijo menor, Hernando, que escribió: “Algunos, que quieren oscurecer su fama, dicen que fue de Nervi, otros, que de Cugureo, y otros de Buyasco, que son todos lugares pequeños cerca de la ciudad de Génova y en su misma ribera; otros dicen que de Seona y otros que genovés y aun los que más le suben a la cumbre, le hacen de Plasencia”.

Dejando a un lado las disputas sobre su lugar de nacimiento –hay teorías para todos los gustos: genovés, portugués, gallego (según García de la Riega, habría nacido en Pontevedra, donde residía una colonia de genoveses), mallorquín, castellano, catalán, corso, etc.–, el personaje tiene una dimensión profundamente española, puesto que su mayor logro lo realizó en sus años de madurez al servicio de Castilla. Como dijo el siempre polémico Ignacio B. Anzoátegui, “la geografía es un mero accidente nacional que no determina por sí sólo una nacionalidad”. La teoría genovesa, no obstante, tiene más visos de veracidad que otras, e incluso Colón lo declaró así: “… que en siendo yo de Génova, pues que de ella salí y en ella nací…”.

Parece que Cristóbal Colón (Cristoforo Colombo en italiano) era hijo de Domenico Colombo, maestro tejedor, y Susana Fonterrosa; que tuvo cuatro hermanos, dos de los cuales, Diego y Bartolomé, lo acompañarían primero a Lisboa y luego en la gesta del Descubrimiento; que pasó la infancia en su tierra natal, sea cual fuere; y que se trasladó durante su adolescencia a Lisboa. Allí se sabe que se casó con Felipa Moniz de Perestrello, dama bien relacionada tanto con la corte portuguesa como con los protagonistas de las empresas descubridoras lusas. De este matrimonio nació su hijo Diego en la isla de Madeira. Por mediación de su mujer, entró Cristóbal en contacto con el rey Juan II de Portugal, a quien presentó un proyecto de lo más innovador: alcanzar el Oriente navegando hacia Occidente por el océano Atlántico. El carácter extremadamente críptico de Colón hizo que no manifestara claramente en qué consistía o cómo pensaba llevar a cabo su proyecto, por lo que el rey lo rechazó por inviable. Ante esta negativa, Colón se dirigió en 1487 al reino vecino, donde gobernaban los Reyes Católicos. Instalado en Córdoba, conoció a Beatriz Enríquez de Harana, que habría de ser su amante y con quien tuvo a su hijo Hernando, nacido en agosto de 1488. Isabel y Fernando, que en aquel entonces estaban inmersos en la culminación de la Reconquista, aparcaron el plan, si bien el proyecto nunca se abandonó definitivamente; ya que Isabel entendía, con buen criterio, que su éxito ayudaría a la expansión de Castilla y reportaría unos pingües beneficios a la Corona.

A principios de 1492, conseguido el objetivo de la reunificación religiosa con la conquista de Granada, que puso fin a ocho siglos de presencia musulmana en España, y expulsados los judíos en el mes de marzo, los monarcas retomaron el proyecto que les había presentado el “visionario” Colón. Finalmente, en abril de ese año se firmaron las capitulaciones de Santa Fe, por las que Cristóbal recibía la autorización de los reyes para emprender la aventura. Harto de dilaciones, Colón había llegado a amenazar con presentar el proyecto al rey de Francia, con lo que la historia de España, ¡y la de Francia, por supuesto!, habrían sido muy diferentes. En cualquier caso, mediante estas capitulaciones el marino obtuvo los títulos de virrey y almirante y el diez por ciento de los beneficios que cosechara en las tierras conquistadas.

Con respecto a la financiación de la empresa, el presupuesto era de unos dos millones de maravedíes, si bien la cantidad exacta no se conoce cabalmente. No fue costeada solamente por la Corona, sino también por la villa de Palos y por el propio descubridor, tan seguro estaba de su sueño. La parte de los reyes ascendía a 1.140.000 maravedíes, cantidad que fue adelantada a los reyes por Luis de Santángel, funcionario de la corte y protector del navegante. Por su parte, la villa de Palos contribuyó con aproximadamente 400.000 maravedíes. Sobre el porcentaje del descubridor, y según las capitulaciones de Santa Fe, éste se comprometía a aportar una octava parte del total, es decir, entre un cuarto y medio millón de maravedíes. Esta cantidad tan elevada hace pensar que Colón contaba con el aval de un prestamista, tal vez el florentino Juanoto Berardi. Una familia de armadores onubenses, los Pinzón, contribuyeron en gran medida a organizar la expedición.

El 3 de agosto de 1492, Colón zarpó de Palos de la Frontera (Huelva) con las carabelas Pinta, Niña y la nao Santa María, esta última comandada por él mismo y propiedad del cántabro Juan de la Cosa. La Pinta estaba al mando de Martín Alonso Pinzón y su hermano Francisco Martín, su maestre, y pertenecía al paleño Cristóbal Quintero. Por último, La Niña (llamada así porque su propietario era Juan Niño, aunque su nombre era Santa Clara) estaba comandada por Yáñez Pinzón.

El número de marineros que acompañaron a Colón también se presta a confusión; no obstante, la cifra de cien quizá sea la más aproximada. Más de un tercio de los tripulantes eran naturales de Palos de la Frontera, donde un monumento en la plaza de la iglesia de San Jorge Mártir recuerda sus nombres. Si analizamos la lista, nos encontramos con personajes de la más variada laya: había carpinteros, intérpretes, despenseros, calafateadores… y hasta reos de muerte. En efecto, cuatro criminales se incorporaron a la empresa colombina. La Real Provisión del 30 de abril de 1492 preveía la suspensión de las causas que pesaran contra ellos hasta su regreso y dos meses después, una bonita tregua para la espada de Damocles que pendía sobre sus cabezas.

La fecha en que zarparon ha dado lugar a teorías de lo más peregrinas: por ejemplo, hay quien atribuye a Colón un origen judío por partir precisamente el 3 de agosto, ya que ese día finalizaba el plazo que se otorgó a los judíos para convertirse antes de ser expulsados definitivamente.


Por: Alberto de Frutos

EL NEGOCIO DE LA HISTORIA TIENE FUTURO.

NOTICIAS:


De la misma forma que las eras geológicas cocinaron bajo tierra los principales recursos energéticos que propiciaron la revolución industrial —el carbón, el petróleo— la historia de los humanos y su patrimonio es un recurso sin fin para la generación de riqueza, no solo científica, sino también empresarial. Los mineros y prospectores de esas fuentes de riqueza han sido, en primer término, los arqueólogos. Su actividad original se ha visto profundamente afectada por la crisis. La debacle ha provocado el reciclaje de muchos de estos profesionales, que adaptan sus conocimientos y experiencia en iniciativas privadas y autónomas, basadas casi siempre en las nuevas tecnologías y ligadas a la gestión, investigación, formación y divulgación del patrimonio histórico.
La historia tiene futuro. Córdoba es solo un ejemplo de algo que ha ocurrido en toda Andalucía. A la sombra del boom inmobiliario, se multiplicaron las excavaciones arqueológicas y las oportunidades de trabajo tanto en el sector público como en el privado. Pero todo eso se acabó. Y llegó la hora de cambiar. En los últimos años, se han multiplicado en esta provincia los ejemplos de iniciativas privadas ligadas a los estudios y a las técnicas arqueológicas: estudios de yacimientos con helicópteros teledirigidos, formación especializada de dibujo arqueológico digital a través de Internet, reproducción y comercialización fiel de piezas patrimoniales exclusivas o la promoción turística con visitas alternativas a los conjuntos históricos.
La ciudad que fuese capital de la Bética romana y epicentro del califato omeya posee alguno de los mayores y más importantes yacimientos históricos y arqueológicos de España. En ellos se han formado generaciones enteras de especialistas en Historia del Arte, Arqueología y Gestión del patrimonio. Uno de ellos fue Diego Gaspar quien montó, con otros socios —antropólogos, geólogos, geofísicos, arqueólogos…—, la empresa Investigaciones Para el Patrimonio Histórico (IPPH). “Ofrecemos servicios de bioarqueología, geofísica, fotografía y vídeos aéreos, escáner láser, estudios de policromía antigua e imágenes termográficas”, cuenta.
Una de las herramientas más espectaculares de esta empresa —y que ejemplifica las perfectas sinergias entre las nuevas tecnologías y el estudio de la historia y el patrimonio— es un helicóptero  teledirigido armado con cámaras que, además de obtener imágenes aéreas, es capaz de acercarse a rincones inaccesibles para estudiar el estado y las características de los materiales. “Lo hemos usado también en espacios cerrados como en iglesias, para estudiar retablos o en el yacimiento romano de Almedinilla [en la provincia de Córdoba], techado por una estructura metálica”, prosigue la explicación Diego Gaspar.
IPPH es, como muchas de las empresas surgidas estos últimos años, hija de la crisis. “Cuando todo se hundió, empezamos a comernos la cabeza para ver qué podíamos hacer. Vimos que la aplicación de las nuevas tecnologías al patrimonio histórico podía ser una buena salida para trabajar y seguir innovando, aportando nuestros conocimientos y adaptándonos a otras tecnologías nuevas”, explica.
No fueron los únicos que se devanaron los sesos tratando de encontrar una salida al paro. Mayte del Pino, licenciada en Historia del Arte por la Universidad de Córdoba, fue una de las afectadas por los recortes en las Administraciones públicas para las que trabajaba. En situación de desempleo, también optó por apoyarse en las nuevas tecnologías, especialmente Internet, para fundar Almagre, una oficina técnica de patrimonio y formación, que oferta cursos especializados basados en el software libre. Enseñanzas para postgraduado que, este curso, están ligadas al dibujo arqueológico en 2D y 3D, desarrollos de redes sociales para el ámbito cultural y adaptación en accesibilidad para personas con discapacidad física e intelectual para exposiciones. “Esto último, por ejemplo, es un aspecto que se escapa a la formación de las universidades y que hemos aprovechado para impartir con la ayuda de diversos especialistas”, explica Del Pino.
Otra salida que no suele contemplarse en los currículos universitarios es la estrictamente comercial. Pero esta fue la que escogió la arqueóloga Ana Valdivieso, gestora de El Collar de la Paloma, un negocio que compagina la venta de exactas reproducciones arqueológicas (mosaicos, cerámica, joyería, bronces, esculturas y relieves de todas las culturas que han pasado por Córdoba) con los cursos especializados en su propio taller de artesanía. “Yo había visto este tipo de tiendas en otras ciudades de Italia y Grecia. Algo que no existía en Córdoba, donde la oferta para turistas se centraba en los clásicos souvenirs”, destaca Valdivieso.
Ubicada en pleno centro de la ciudad y en una de las principales calles más transitadas por los turistas, El Collar de la Paloma se nutre del trabajo de artistas locales —que siguen estrictas normas para obtener reproducciones fieles— y de las producciones de su propio taller.
“Así aplico mi formación al negocio. Tengo el ojo ya educado para seleccionar las piezas”, destaca. Algunas son reproducciones de obras del Museo Arqueológico de Córdoba, otras son piezas más genéricas que ilustran las culturas griegas, romanas, visigodas y árabes.
FUNTE- El País.

sábado, 28 de septiembre de 2013

DESTRUCCIÓN DEL PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD EN CIRENE ( LIBIA ).

NOTICIAS:


Es la barbarie que no cesa. La guerra no solo trae dolor a las personas sino también a su patrimonio y a su cultura. Cirene es uno de los sitios arqueológicos más bellos de Libia. Los expertos describen este enclave como “una de las principales ciudades del mundo Helénico”, y su necrópolis figura entre las mayores y más importantes del planeta.Un lugar único, que además está declarado Patrimonio de la Humanidad. De poco parece haberle servido. 
Al menos 200 criptas, junto con parte del viaducto (que los arqueólogos datan 200 años después de Cristo), han sido destruidas hace escasos días por las excavadoras. Los responsables de este desastre son agricultores locales que han devastado las ruinas para vender esos terrenos —ya "despejados" y distribuidos en parcelas de 500 metros cuadrados— a promotores inmobiliarios. El destrozo ha sido enorme.
“Han arrojado piezas antiguas a un río cercano como si fueran basura”, advierte a France 24 Ahmed Hussein,  profesor de arqueología en la Universidad de Bayda.
La situación política y social en Libia es tan frágil que impide proteger sus grandes sitios arqueológicos.
Los arqueólogos han avisado a las autoridades sobre esta destrucción, pero no tienen muchas esperanzas de que sirva para algo. La situación social y política es tan frágil que impide cualquier intervención. Además, esta bellísima ciudad, fundada 700 años antes de Cristo, se enfrenta a su particular idiosincrasia. Los agricultores y granjeros que viven en estas tierras las reclaman como propias. Desde luego no tienen documentos que lo acrediten, solo la tradición oral —transmitida de padres a hijos— lo sustenta. 


El arqueólogo Ahmed Hussein, con una indisimulada tristeza, lo narra así: “En Libia, la costumbre y la tradición tienden a tener más peso que las leyes escritas. [Los agricultores] no poseen documentos oficiales que demuestren que son los propietarios de las tierras, sin embargo nadie pone en duda sus derechos sobre ellas. Con Gaddafi, estas familias no se habían atrevido a hacerlos valer. Pero ahora, han transformado un sitio arqueológico en un área de construcción”. Este es, si nadie lo remedia, el presente y el futuro que aguarda a uno de los cinco sitios que en Libia son reconocidos como Patrimonio de la Humanidad. ¿Podremos impedirlo?


Fuente:El País.com.

MARCO POLO.

CURIOSIDADES:


El mundo es un libro –decía san Agustín–, y aquellos que no viajan, no leen de él más que una página». Marco Polo fue un excelente lector del mundo; la crónica de sus viajes maravillosos por Oriente, el Libro de las maravillas del mundo, titulada originalmente Le devisement du monde –La descripción del mundo–, relata veinticuatro años de travesías y descubrimientos por territorios muy alejados de su Venecia natal, entre 1271 y 1295. Acompañado por su padre y su tío, Marco Polo vivirá y trabajará diecisiete años al servicio del gran emperador mongol Kublai Kan.
En este largo, complicado, nebuloso y casi mágico trayecto hacia territorios completamente desconocidos para la mayoría de sus contemporáneos, Marco Polo nos proporciona un caudal inconmensurable de datos sobre los países y los paisajes que atraviesa, así como sobre la gente que trata y conoce, sus historias, costumbres, cultos, cultivos, joyas, tejidos, caminos, comidas y animales. Algunas veces se expresa con un lenguaje de inventario y con aburridas fórmulas estereotipadas, pero muchas otras nos relata lo que ve con un estilo vivo, ágil y ameno con el fin de maravillar a su público y dejarlo boquiabierto.
Para mantener despierta la atención de sus oyentes, Marco Polo y su escriba, Rustichello da Pisa, muchas veces cuentan historias y leyendas con una curiosa mezcla de tiempos verbales que sitúan una acción pasada en el presente para así convertirla en algo vivo e intrigante, y a menudo se dirigen a la audiencia con preguntas directas o con frases admirativas que buscan en todo momento contagiar la emoción y la sorpresa. Estas marcas orales presentes en todo el texto nos indican claramente que el Libro de las maravillas del mundo que ha llegado hasta nosotros era, esencialmente, un texto más para ser escuchado que para ser leído.

Por las rutas de Asia Central

El largo trayecto de ida de Venecia a Pekín se alarga tres años (1271-1274) y, a pesar de que es en China y durante los años de servicio en la corte del Gran Kan donde Marco Polo vive y descubre las más grandes maravillas, el camino no está exento de rarezas, curiosidades y milagros que sorprenden, en alto grado, tanto a Marco Polo como después a sus oyentes. Dejando atrás el Próximo Oriente y adentrándose en territorios ya bajo el dominio mongol, Marco Polo descubre en Armenia la mágica silueta del monte Ararat donde se posó el arca de Noé tras el diluvio universal, y en los territorios de la alta Mesopotamia describe las fuentes negras y los pozos de alquitrán, algunos en llamas, siempre encendidos, verdaderos faros en las noches del desierto.
Antes de relatar su paso por Persia, Marco Polo prefiere deleitar a su público con una fábula sobre un milagro obrado por un zapatero ciego y devotísimo de la mítica ciudad de Bagdad, quien, gracias a sus plegarias, consigue que Dios mueva una montaña salvando así a la comunidad cristiana de las manos del terrible califa. Se trata de un cuento fantástico, a la manera de las Mil y una noches, en el cual Marco Polo parece explicar la salvación de la comunidad cristiana de Bagdad en 1258, cuando los mongoles entraron a sangre y fuego en la ciudad, gracias a la intercesión de Doquz Jatún, la esposa del príncipe mongol Hulagu, devota del nestorianismo, corriente cristiana que se había difundido por Asia desde hacía varios siglos.
Pero es el relato de su paso por las planicies de Irán lo que provoca verdadero asombro y hasta escándalo: en lo que parece un recurso para seguir extasiando al público cristiano que escucha sus andanzas, Marco Polo describe la patria de los tres reyes magos de Oriente del Evangelio, y nos habla de sus tumbas y de los cuerpos todavía incorruptos de Gaspar, Melchor y Baltasar. Esta noticia invalidaría la tradición de la conservación de sus huesos en el famoso y venerado Dreikönigsschrein, el relicario de los Tres Reyes Magos de la catedral de Colonia, en Alemania, con lo que estalla la polémica. A continuación, Marco Polo pasa a justificar el origen del culto al fuego que practicaban los habitantes de esos parajes, convirtiendo a los tres reyes magos en mazdeístas o «adoradores del fuego».
Cada vez más lejos de casa, avanzando hacia Oriente, en un mundo envuelto en un aura fulgurante de leyenda y maravilla, el tono de su relato va adquiriendo más y más matices fantasiosos: en el Jorasán persa, la leyenda del árbol seco o solitario que indicaba el fin del mundo, pero que él logra superar, las pavorosas trazas de la destrucción sembrada por las hordas mongolas en el Asia Central, la travesía de los enormes desiertos vacíos, inhóspitos y peligrosos del Taklamakán y el Gobi, llenan el libro de riesgo, intriga y aventura.

En la corte de Kublai Kan

La meta de su viaje, Pekín, está cada vez más cerca, pero se halla ya tan lejos de Venecia que nuestro viajero tiene la sensación de estar alcanzando los confines del mundo: los prados infinitos de Mongolia, abiertos a todos los vientos e inabarcables a la vista, lo hacen sentirse verdaderamente en otro mundo; los paisajes adquieren tonos irreales y los presenta como los llanos de los exiliados gigantes bíblicos Gog y Magog del libro del Génesis, de las profecías de Ezequiel, del Apocalipsis... Pero el mundo parece no acabarse ni tener límite alguno, ni temporal ni espacial. Gog y Magog se han convertido en un imperio muy bien organizado hacia el que los Polo se dirigen: la corte de Kublai Kan, establecida en verano en la mítica ciudad de Xanadú (en la actual región china de Mongolia Interior), modelo de la magnificencia y el resplandor del poder del gran emperador mongol, Señor de Asia.
La descripción del maravilloso palacio móvil de Kublai, hecho de bambú y totalmente decorado, con su extenso jardín cerrado lleno de árboles, flores, fuentes y animales exóticos para solaz del gran señor, y con la espléndida corte que le rodea y le acompaña compuesta por nobles, soldados, sabios, monjes y magos informa al público europeo del altísimo grado de magnificencia y lujo de esta ciudad mítica, Xanadú, nombre que a partir de este momento se convertirá para la cultura occidental en sinónimo de esplendor, fasto y opulencia. Entre las maravillas y las rarezas del palacio de verano de Kublai Kan, Marco Polo destaca la presencia de astrólogos, hechiceros, nigromantes, chamanes y encantadores que rodean al emperador mongol: son los bacsi, los influyentes monjes budistas que dominan la corte del gran Kan y que en los suntuosos y espectaculares banquetes ofrecidos por el emperador usan técnicas telequinésicas para acercar la copa de vino o los manjares a la boca de su señor: camareros quietos, concentrados, desplazando objetos con su mente. ¿Magia pura o simple imaginación del autor?
En Pekín, Marco Polo pasa a formar parte de la élite de extranjeros que trabajan al servicio del gran Kan. Así, el veneciano nos descubre lo portentoso del aparato burocrático y administrativo necesario para regir las entrañas de un imperio que hermana las costas del Pacífico, el Índico, el Himalaya y los confines mediterráneos del Próximo Oriente. Marco Polo descubre a los europeos la férrea organización de un ejército de proporciones inmensas, un sistema de correos que funciona a la perfección, la fabricación de papel a partir de técnicas desconocidas en Europa, el uso extendido del papel moneda…


Veinte años en China

A las órdenes de su nuevo señor, para quien trabajará diecisiete años, Marco Polo viajará por las provincias interiores de China. Sus relatos descubren a los europeos el color amarillento del célebre Huang He (el río Amarillo), sierpes bestiales, junglas sofocantes, brujos médicos, las altas montañas occidentales del Tíbet, el otro gran río chino, el Yang Tse o río Azul, la peculiar orografía del norte de Vietnam con su gente «bella y alta», y describe vívidamente las batallas heroicas de los mongoles para conquistar los territorios de la actual Birmania.
Pero lo que quizá más sorprendió a los europeos fue la descripción del Gran Canal, una antiquísima obra de ingeniería empezada en el siglo VII y en la que trabajaron más de cinco millones de hombres y mujeres. El resultado fue una red de canales artificiales comunicados con lagos y ríos que lo convirtieron en la vía de agua navegable más larga construida por el hombre. A lo largo del Gran Canal discurría la carretera imperial sombreada por árboles plantados con este fin y jalonada con postas de correos.
Las ciudades adosadas al Gran Canal proporcionan a Marco Polo la posibilidad de expresarse en términos superlativos. El tráfico comercial y humano, así como la agitación de las ya abigarradas y superpobladas ciudades chinas sorprenden a nuestro viajero, y sus descripciones no parecen sino exageraciones; las cantidades son ingentes: de barcos, de personas, de mercancías, de riquezas... Todo es tan desbordante que «sin verlo es imposible que alguien lo crea», y Marco Polo llega a admitir que dar cuenta de todo lo que ve y lo que hay supone una «tarea demasiado ardua».
El relato sobre la inconmensurable China se corona con la descripción a fondo de varias ciudades que maravillaron a Marco Polo, quien las calificó de magníficas, opulentas y portentosas. Quinsai, la moderna Hangzhou, la antigua capital de la vencida dinastía Song en Mangi (nombre que los mongoles daban a la China meridional), se reveló al veneciano como un lugar de maravilla absoluta que no dudó en definir como «un paraíso». En aquella época, la ciudad contaba con más de un millón de habitantes y sus dimensiones eran enormes. Todas las cantidades se cuentan por miles: 12.000 puentes, 100.000 guardias, 4.000 baños públicos, 30.000 soldados, banquetes con 10.000 comensales, palacios de 1.000 habitaciones, 1.600 millares de edificios, 50.000 personas en la plaza del mercado... Tanta es la admiración por este monstruo urbanístico y su comarca que le es difícil expresarla en palabras: «Es verdaderamente muy costoso describir la gran nobleza de esta provincia y, por lo tanto, callaré». También la ciudad de Zayton, variopinta, cosmopolita y tolerante, situada en la China del sureste, poblada por comerciantes persas, árabes, indios, marineros, emisarios, oficiales, soldados, monjes y misioneros budistas, taoístas, hindúes, musulmanes, judíos, cristianos nestorianos, maniqueos... provoca que Marco Polo la denomine el «puerto de las delicias».

¿Estuvo Marco Polo en China?

A pesar de toda la información que nuestro viajero nos proporciona de la China de los mongoles, hay investigadores que dudan de su visita precisamente por todo lo que omite: la historiadora norteamericana Frances Wood, por ejemplo, se pregunta por qué Marco Polo no menciona en absoluto ni la Gran Muralla, ni la escritura ideogramática china, ni el té, ni los palillos de comer o los pies vendados de las mujeres. Pero hay que tener en cuenta que ni la Gran Muralla –que sería reconstruida en piedra en el siglo XVII por la dinastía Ming– ni el té, que llegaría a China en el siglo XVI de mano de los portugueses, tenían entonces la importancia que tienen ahora, y las costumbres o características de la civilización china eran en aquel momento, a ojos del veneciano, poco significativas o de escaso valor documental, pues eran los mongoles quienes gobernaban y los chinos el pueblo sometido, y, no hay que olvidarlo, Marco Polo trabajaba para el Kan.
El viaje de vuelta a casa de los Polo, hacia Occidente a través del Índico, enlaza el puerto chino de Zayton con el estrecho de Ormuz (en el golfo Pérsico), donde los viajeros retomarán el camino de regreso por tierra. Tras tantos años en China, el trayecto es de nuevo un gran despliegue de maravillas. Pero, curiosamente, los detalles de este periplo marítimo son menos conocidos, menos citados, a pesar del cúmulo de elementos legendarios que Marco Polo ofrece a sus sorprendidos oyentes y lectores: el trayecto por las islas indonesias, donde topa con caníbales y adoradores de animales vivos; las extrañas islas de Andamán y Nicobar, donde conoce a primitivos hombres con cabeza de perro; el sinfín de maravillas que observa en las costas de la India «que no pueden dejarse en silencio»; las misteriosas islas de Kuria Muria en las costa de Omán, una para hombres y otra para mujeres... Es evidente porqué se agolpaba la multitud en Génova bajo la ventana de la celda donde el capitán Marco Polo pasaba su cautiverio junto al escriba Rustichello da Pisa cuando leía en voz alta sus aventuras. La prisión de Malapaga se convirtió, así, en una incansable fábrica de maravillas que incendió la imaginación de los europeos desde el primer momento en que se puso por escrito el relato del viaje de un mercader veneciano que había atravesado un mundo fantástico, aunque real. La verdad, cuando no se conoce, suena a fábula, pero, afortunadamente, la fantasía de una fábula, bien contada, puede ser totalmente cierta.

viernes, 27 de septiembre de 2013

SECRETOS DEL MUNDO ESPIRITUAL MAYA.

CURIOSIDADES:



Cerca de las ruinas de la ciudad maya de Chichén Itzá, en la linde de un modesto maizal, una voz eufórica reverbera desde el fondo de un pozo. «¡Lo vi! ¡Lo vi! –grita–. ¡Sí, es verdad!» Asomado a la boca del foso, el arqueólogo subacuático Guillermo de Anda necesita asegurarse de que lo que acaba de oír es lo que lleva tantos meses esperando. «¿Qué es verdad, Arturo?» Su colega, el arqueólogo Arturo Montero, flotando en el fondo, grita de nuevo: «¡La luz cenital! ¡Funciona de verdad! ¡Baja!».
Lo que De Anda esperaba con impaciencia es que su amigo Montero verificase si el agua de aquel pozo natural, un cenote, había servido a los antiguos mayas de reloj de sol y cronómetro sagrado en los dos días concretos del año, el 23 de mayo y el 19 de julio, en que el sol alcanza su cenit, lo que significa que se sitúa sobre la vertical del lugar. En ese momento los rayos solares caen perpendiculares al suelo y no se proyecta sombra alguna. El cenote está al noroeste de la escalera principal de El Castillo (o templo de Kukulkán), la famosa pirámide central de Chichén Itzá, y dentro del recinto urbano de esa misteriosa ciudad.
¿Acaso hace siglos los sacerdotes mayas se reunían en aquel mismo pozo para observar y corregir sus mediciones del ángulo del sol cuando este llegaba al cenit, un fenómeno que solo ocurre en los trópicos? ¿Acudían al cenote en épocas de sequía para hacer ofrendas y en épocas de bonanza para agradecer una cosecha abundante? ¿Creían que en este pozo se daban cita el sol y las generosas aguas para crear vida? En torno a estas y otras pre­guntas sobre la relación del antiguo pueblo maya con sus dioses, su ciudad sagrada y su calendario –de una precisión extraordinaria– giraba la investigación de los dos arqueólogos.
De Anda, uno de los grandes nombres de la arqueología subacuática, había trabajado en el cenote Holtún muy pocas veces y sin apenas financiación. Montero, de la Universidad de Tepeyac, pagaba de su bolsillo su participación en la investigación. El 23 de mayo había estado en la ciudad vecina de Mérida dirigiendo un seminario sobre arqueoastronomía en la Universidad de Yucatán, donde daba clases De Anda. Esa mañana, un día después del cenit, por fin viajaban al cenote Holtún. La expedición había empezado con mal pie: complicaciones diversas los habían retrasado y habían llegado al pozo con el tiempo justo, cuando el sol estaba a punto de alcanzar el cuasi cenit. Con pocos minutos de margen, Montero y el estudiante universitario Dante García Sedano se habían dado toda la prisa del mundo para enfundarse el traje de buzo, engancharse los arneses y descender al pozo con ayuda de unos campesinos mayas de la vecindad.
Y de repente ahí estaba Montero dando voces y gritos de alegría mientras los agricultores bajaban al pozo un bote neumático, y después, a mí. De Anda, empapado de sudor, tuvo que pelearse con el traje de buzo, pero al final también él descendió los 20 metros hasta el fondo del cenote. Los cuatro éramos probablemente las primeras personas desde hacía siglos en observar el recorrido del dios sol sobre aquellas aguas.
Después de traspasar la angosta boca del cenote, las paredes se abrían hasta formar una cúpula inmensa, similar al interior de una catedral donde las raíces de los árboles se abrían paso entre las rocas buscando el agua. Tras atravesar el orificio (de forma rectangular, probablemen­te una representación de las cuatro esquinas del universo de los mayas), el rayo de luz solar danzaba como una llamarada de fuego sobre las delicadas e intrincadas estalactitas circundantes. También la superficie del agua pareció inflamarse al contacto con la luz, y más abajo, las aguas normalmente oscuras adquirieron una espectacular transparencia de color turquesa. Los rayos solares penetraban tan cerca de la perpendicular que Montero comprendió que la víspera, en el momento del cenit absoluto, un pilar luminoso totalmente vertical habría caído a plomo en el agua. Sintió un profundo sobrecogimiento.

En las dos últimas décadas los arqueólogos han empezado a estudiar a fondo el papel que las cuevas, el sol cenital y los cenotes desempeñaron en las creencias y la cosmovisión de los antiguos mayas de Yucatán. Sabían que para los mayas estas grutas eran puertas de acceso a un mundo sobrenatural habitado por Chac, el dios de la lluvia vivificadora, pero hasta hace poco no se ha empezado a entender de qué mo­­do condicionaron su arquitectura y urbanismo.
En 2010 De Anda, que para entonces ya había buceado en decenas de cenotes, empezó a explorar Holtún invitado por Rafael Cobos, un reputado arqueólogo que se ha dedicado a investigar y cartografiar los cientos de antiguas estructuras, promontorios y pozos de la región de Chichén Itzá. De Anda también contaba con la colabora­ción del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Mientras inspeccionaba las paredes del pozo a pocos metros por debajo de la superficie del agua, su cabeza topó con un saliente. Con asombro comprobó que se trataba de una repisa natural de roca en la que había una ofrenda consistente en un cráneo humano, piezas de cerámica, el cráneo de un perro, huesos de ciervo y un cuchillo de doble filo que probablemente se usaba para sacrificios, todo colocado allí con esmero siglos atrás. Su linterna frontal reveló en las profundidades del cenote la presencia de columnas rotas, una talla de un jaguar antropomorfo y una figura similar a uno de los hombrecillos de piedra del Templo de los Guerreros de Chichén Itzá, esculpidos de tal modo que parecen sostener el cielo. Aquel pozo abierto en medio de un maizal era a todas luces un lugar sagrado.
Hoy, tres años más tarde, De Anda y Montero han descubierto no solo la relación entre el sol cenital y Holtún, sino también la influencia que al parecer tuvieron ese sol cenital y el cenote a la hora de emplazar y orientar la pirámide de El Castillo de Chichén Itzá. Ya se sabía que en el equinoccio de primavera una serpiente de luz solar desciende reptando por un lateral de la escalera central de la pirámide, un espectáculo al que todos los años asisten miles de turistas. Algunos de ellos se dan un paseo hasta el famoso Cenote Sagrado, cuya boca fue alimentada con quién sabe cuántos seres humanos y otras ofrendas durante siglos, cuando Chichén Itzá era una importante y floreciente ciudad-estado. A primera hora del 23 de mayo, el día del sol cenital, Montero había acudido a la pirámide central y descubrió que el sol, K’inich Ajaw, sale en perfecta coincidencia con la esquina nordeste de la pirámide. Horas después se pone en línea con la escalera occidental de la pirámide y el aparentemente anodino pozo de Holtún.
Para calibrar su calendario, los mayas tenían que identificar en qué días del año los rayos del sol brillaban formando una perpendicular perfecta con respecto al plano terrestre. Montero y De Anda tenían la hipótesis de que los astrónomos mayas aguardaban en el interior del pozo de Holtún los dos momentos cenitales del año, en los cuales una columna vertical de luz solar penetra en el agua sin reflejarse en la cúpula.
Para los mayas la astronomía era una actividad sagrada, como la arquitectura y el urbanismo. Ahora De Anda y Montero creen que Holtún tal vez no fuese el único cenote que determinó la ubicación de las edificaciones. El Cenote Sagrado está al norte de El Castillo. Al sur y al sudeste hay otros dos. El de Holtún, justo al noroeste de la pirámide, tal vez completase una disposición en rombo gracias a la cual el pueblo de Itzá supo dónde levantar su ciudad sagrada y qué ángulo dar a su pirámide principal. Si posteriores estudios lo confirman, quedarán claras las coordenadas clave del trazado de Chichén Itzá.
Al menos así lo espera De Anda. Pero aquel día Montero y él dieron un paso de gigante. El sol retiró sus dardos luminosos y continuó su camino sobre la faz de la Tierra, mientras los dos arqueólogos, de nuevo en la oscuridad, comentaban con entusiasmo lo que acababan de ver y su significado. «¡Un abrazo, hermano!», exclamó Montero, y ambos nadaron el uno hacia el otro para fundirse en un abrazo.
Arriba, en la superficie, los campesinos mayas sudaron la gota gorda para izar a los exploradores. A nuestro alrededor los maizales parecían pedir agua a gritos, pero el jefe de la cuadrilla, Luis Un Ken, es un optimis­ta nato. «El otro día llovió a gusto –dijo, limpián­dose el sudor de la cara–. Chac se movió.»
Para hombres como Un Ken los dioses ancestrales siguen presentes, y Chac, señor de los cenotes y las cuevas, es uno de los más importantes. En beneficio de los seres vivos, vierte desde los cielos el agua que guarda en jarras de barro en las cuevas. Es único y múltiple: cada trueno es un Chac independiente que rompe una jarra para derramar la lluvia. Cada divinidad habita un estrato diferente de la realidad, acompañada de las decenas de dioses, a veces complacientes, a veces fieros, que moran en los 13 mundos so­­brenaturales superiores y los 9 inferiores. Juntos aportaban a la vida de los mayas los sueños, visiones y pesadillas, un complejo calendario de fechas agrícolas y rituales de fertilidad, y una sólida con­ciencia de cómo deben hacerse las cosas. Chac se había movido, afirmó Un Ken, lo que significaba que la época de siembra pronto llegaría.
La ausencia de Chac puede causar a los mayas yucatecos desastres terribles, tragedias que solo se entienden cuando uno pisa la árida superficie lunar del que fuera su imperio, una enorme plataforma caliza que ha sufrido un proceso kárstico. La lluvia atraviesa el karst y se suma a los acuíferos, por lo que en la superficie no discurre ni un solo río o arroyo. (Técnicamente los cenotes son dolinas que alcanzan el nivel freático.) Desde el aire se ve una selva tupida, pero a nivel del suelo el bosque tropical es ralo: árboles altos y finos de raíces tenaces adaptadas a las bolsas de suelo que salpican el karst. Dondequiera que haya una bolsa de tierra lo bastante grande, los mayas labran un maizal o una milpa, inteligente policultivo de maíz, frijol y calabaza que constituye su fuente básica de proteínas. Pero el maíz consume muchos nutrientes del suelo. Durante miles de años los milperos han mantenido la productividad de sus minifundios quemando una zona arbolada distinta cada año y sembrando el maíz en esas fértiles cenizas. A nuestros ojos es una deforestación en toda regla, pero para los mayas es la única forma de sobrevivir.
En cuanto al riego de los cultivos… bien, ahí es donde Chac entra en escena. Para que el maíz prospere son imprescindibles las lluvias estacionales, que además deben seguir un programa terriblemente preciso: no puede llover en invierno, para que en marzo los campos y el bosque estén secos y ardan bien; a principios de mayo ha de llover un poco, para que la tierra se ablande y reciba bien la siembra; a continuación se necesita una lluvia ligera para que la simiente brote y el joven dios del maíz haga su aparición en forma de una mazorca en ciernes; finalmente se necesitan lluvias abundantes para que se dispare el crecimiento de la planta y engorden los granos del maíz maduro. Si en cualquier fase del ciclo anual se registran lluvias irregulares, habrá menos comida que llevarse a la boca.
El interrogante arqueológico, aún sin respuesta, es por qué las grandes ciudades-estado mayas de Yucatán sucumbieron una tras otra. El milagro es que sobreviviesen, alimentándose de un cereal cultivado en un entorno tan despiadado.
Pero sobrevivieron, e incluso prosperaron, a veces recogiendo cosechas abundantes y otras, como De Anda cree que ocurrió en Holtún, disponiendo ofrendas en el interior de un cenote cuando una sequía prolongada causaba un descenso del nivel freático de hasta seis metros. Con una población que se estima era de millones de personas hace mil años, los mayas del árido norte erigieron tantas ciudades, siempre junto a un cenote vivificador, que cualquiera puede toparse con unas ruinas intactas. De hecho, un par de días después del cenit, mientras seguía un camino entre milpas y bosque a varios kilómetros de Chichén Itzá acompañada del arqueólogo y espeleólogo Donald Slater, de pronto este señaló a nuestra derecha y me dijo: «Ahí lo tiene». Lo que en un principio me había parecido una zona donde el bosque se hacía más espeso, a unos 50 metros del camino, resultó ser una colina de pronunciada pendiente. Huelga decir que en la zona no hay colinas de pronunciada pendiente. Pero hay pirámides. Aquella era especialmente alta, y justo enfrente de su esquina sudoeste se abría una gran cueva.
Para los mayas la cueva sería una boca, las enormes fauces de una devoradora deidad telúrica o una de las moradas de Chac. Slater confiaba en poder demostrar su tesis de que aquella cueva era un punto sagrado de observación desde el cual recibir la llegada del sol el día en que alcanza su cenit, y que la pirámide, conocida pero no explorada en su totalidad, se había construido o al menos orientado con expresa referencia a la cueva.

Con anterioridad a nuestra visita Slater había encargado a unos campesinos mayas que despejasen de vegetación la cara oeste de la estructura para que se pudiera apreciar con claridad el recorrido del sol cenital. En la entrada de la cueva se veían los restos de una escalera rudimentaria excavada siglos atrás, quizá para que los chamanes franqueasen las aterradoras fauces de la Tierra. Slater cree que los sacerdotes solares pasaban la noche anterior al cenit ayunando, danzando y cantando al son de tambores y flautas de cerámica de dos tubos, como las que halló en la cueva, alabando al dios sol por traer una vez más el día del cenit y, con él, las lluvias.
De pie en el mismo lugar donde quizás estuvieron en su día aquellos sacerdotes, la pirámide se erguía imponente ante nosotros. Aguardamos. A las 8.07 de la mañana un gran orbe naranja asomó vacilante por detrás de la pirámide, pareció detenerse uno o dos segundos y a continuación se mostró en toda su grandiosidad cegadora al rebasar el templete superior, inundando nuestra cueva con su luz deslumbrante. Hace siglos, explicó Slater, en los dos días de sol cenital, el astro ejecutaría su danza sobre lo que ahora son las ruinas de una plataforma situada en la esquina sudoeste de la estructura.
Para los mayas, grandes observadores del cielo, las pirámides de Yucatán –muchas de las cuales están alineadas con el orto y el ocaso de los equinoccios y de los días de sol cenital– serían cronómetros cósmicos, unas estructuras en constante interacción con el firmamento. Y la interacción de K’inich Ajaw –el sol– y las aguas sagradas de Chac se verificaba en la danza de la vida de la que nacían los maizales.
A mi modesto nivel había emprendido mi propia búsqueda de Chac. Recorría la península de Yucatán en pos de los ritua­­les y las creencias de los mayas actuales que me ayudasen a comprender el vínculo con sus gloriosos ancestros. La mayoría de los mayas vive hoy en comunidades agrícolas pobres en las que estacionalmente se invoca a Chac, para ellos tan importante como antaño, en una larga plegaria de invocación a la lluvia llamada Cha Chac.
A unos 130 kilómetros al sudeste de Chichén Itzá, cerca de lo que hoy se conoce por el nombre tan glamuroso como engañoso de Riviera Maya, está la aldea de Chunpón. Pertenece a la Zona Maya, un área de designación oficial que ocupa buena parte de la península de Yucatán. Visité Chunpón acompañada de Pastor Caamal, un guía turístico independiente (independencia de la que se enorgullece) que, al igual que muchos de sus vecinos y que Luis Un Ken, es un cruzoob, esto es, que cree en la Cruz Parlante, una reliquia de la insurrección decimonónica conocida como la Guerra de Castas. Descendiente de guerreros mayas que se rebelaron y combatieron al ejército regular, sigue dedicando 15 días al año a montar guardia día y noche en el santuario de la cruz.
«Los cruzoob son básicamente los mayas que sobrevivieron», me dijo Caamal una tarde de verano mientras «volábamos» por una autopista llana de la Zona Maya hacia su ciudad natal. Exageraba un poco: la Guerra de Castas fue un movimiento estrictamente local, mientras que hay unos cinco millones de mayas viviendo en un área que abarca el tercio más meridional de México, la mayor parte de Belice y Guatemala, y el oeste de Honduras y de El Salvador. Aunque sí es cierto que en Yucatán prácticamente no quedó una población al margen del conflicto.
Pregunté a Caamal cómo conciliaba la diferencia entre el antiguo panteón maya y Jesucristo, a quien los mayas invocan a menudo. «Somos politeístas», me respondió. Lo curioso es que en la zona apenas hay iglesias o sacerdotes católicos; ese hueco lo ocupan loshmem: chamanes, sanadores y encantadores que median entre los dioses y sus necesitados adoradores.
Al verme cada vez más desesperada por saber dónde podría presenciar un ritual Cha Chac, Caamal me propuso visitar a su hmem por si supiera de alguno en perspectiva, aunque la estación ya estaba muy adelantada.
Bajo el contundente calor del mediodía hicimos una breve parada en el conjunto de cabañas de Chunpón donde vivía la familia de Caamal. En la ovalada cabaña de la cocina había una hilera de hamacas colgadas, cada una de las cuales estaba ocupada por un pariente que charlaba y se mecía tranquilamente. La madre, tan diminuta como temible, me fulminó con la mirada –yo era una «española», una no maya–, pero preparó unas tortillas y me las sirvió con carne y chiles. Más tarde preguntó con retintín a su hijo cuándo tenía pensado bajarme de su hamaca y largarme, pero las normas de hospitalidad, tan inexorables como el movimiento de los astros, exigían que me ofreciese un refrigerio.
De vuelta en la carretera nos detuvimos en el poblado de Chun-Yah, donde, como en buena parte de la Zona Maya, no ha llegado el teléfono fijo ni el móvil y la escolarización es muy rudimentaria. En su polvoriento conjunto de cabañas ovaladas techadas con paja, el mentor y hmem de Caamal, Mariano Pacheco Caamal, me recibió con una amplia sonrisa.
Don Mariano aseguró que sabía utilizar 40 plantas distintas para curar enfermedades y sanar fracturas y mordeduras de serpiente. En una ocasión en que Pastor pasaba por un momento muy delicado, don Mariano había creado un anillo invisible de fuego protector alrededor de su amigo. En sueños había averiguado qué solicitar a cada dios y qué día de la semana hacerlo. Sabía dónde encontrar las cuevas sagradas.
Don Mariano llevaba pantalones cortos y chancletas y parecía tener muy pocas pertenencias para ser un hombre de su edad y prestigio. Hablaba un español muy elemental, y dado mi total desconocimiento del maya, Pastor hubo de traducir mis preguntas de diferentes maneras hasta que eran comprendidas. Pregunté a don Mariano cómo sabía que era maya. El afable hmem me miró extrañado a través de sus gruesas gafas. «Porque somos pobres», dijo. Repetí la pregunta. «Por lo que comemos, por el color de la piel, por la estatura», fue la respuesta. Y acto seguido se le ocurrió otra mejor: «Porque aquí no hay fábricas, ni máquinas, ni humo. Por la noche tenemos paz, silencio. Por la mañana me digo: “Hoy voy a hacer tal cosa, tal otra”. Nuestro trabajo es nuestro. Cuando trabajas para los de fuera, te dicen: “Dame tu tiempo”. Pero los mayas son amos de sí mismos.»
¿Tenía conocimiento de que todavía se fuera a celebrar algún Cha Chac? Por desgracia, don Mariano solo pudo confirmar que era demasiado tarde para ello. En Chun-Yah, como en todas partes, ya había pasado la época de sembrar e invocar las lluvias. Luego tuvo la amabilidad de explicar en qué consiste una ofrenda de Cha Chac en su pequeña parcela del universo maya. Un altar o mesa de ofrendas rectangular, de menos de un metro de ancho y hecha de ramas y unas cuantas tablas, representa el mundo. Sobre ella se colocan las diversas viandas ofreci­das a Chac en un orden muy estricto, acompañadas de jícaras de balché (una bebida sagrada de fruta fermentada con la corteza del árbol ho­­mónimo) y calabazas de agua sagrada, obtenida de un cenote o cueva oculta. Este banquete especial consta de 13 barras de «pan», gruesas tortillas preparadas con 13 capas de masa de maíz en representación de los 13 estratos del mundo sobrenatural superior. El pan se envuelve en hojas de bakaalché, un arbusto de la zona, y se hornea en un pib, un hoyo excavado cerca del altar. En el centro de la mesa, en un borde, se coloca una cruz que domina sobre el conjunto.
Otra mañana de calor asfixiante, con una lluvia que no acaba de llegar, sin rastro de nubes, se celebraba en Yaxuná una ceremonia estacional tardía en honor del rezagado Chac. Yaxuná, una villa del centro de la península, está a unos 20 kilómetros al sur de Chichén Itzá. Es una zona de Yucatán en la que muchas personas dependen todavía de la milpa, lo que los convierte en angustiados súbditos de Chac. La ce­­remonia casi había concluido cuando llegué. Los vecinos y su hmem, desesperados por que lloviese, llevaban casi dos días sin descansar intentando atraer por todos los medios a Chac.
Habían hecho un largo camino a pie a través del bosque hasta llegar a una cueva secreta, a cuyas profundidades habían accedido con un precario tinglado de cuerdas para recoger el agua que requería la ceremonia. Habían erigido el altar, excavado el pib, corrido con el enorme gasto de aportar 13 gallinas cebadas para el banquete ritual, velado ante el altar mientras rezaban y bebían balché y dado forma a las torres de panes de maíz y pipas de calabaza cuyas 13 capas las mujeres tenían prohibido tocar. Los habían horneado en el pib y sacado de su lecho candente, que dejaron destapado para que el vapor se elevase directamente hacia el dios de la lluvia a modo de ofrenda.
Y después de todo eso, por fin estaba el hmem, Hipólito Puuc Tamay, rezando ante el altar a Chac, a Jesucristo, a todos los santos, a san Juan Bautista, a las fuerzas de la tierra y el cielo, y otra vez a Chac, para que la lluvia cayese sobre ellos y sobre todas las comunidades mayas de su entorno para que de ese modo todos pudiesen sobrevivir a un nuevo ciclo completo del sol. Siguiendo instrucciones del hmem, un vecino se acuclilló sobre una piedra detrás del altar y se quedó inmóvil. Solo se movía para soplar de vez en cuando en el interior de una de las calabazas en las que Chac guarda el viento. Era un simple vecino, pero también era el dios de la lluvia, y por eso tenía los ojos cerrados, para no perjudicar la ceremonia con su mirada terrible.
También estaban las ranitas, cinco niños que con timidez se agachaban al pie del altar del mundo, uno en cada esquina y otro en el centro, cuatro de ellos entonando un «hmaa, hmaa, hmaa» y el quinto, «lek lek lek lek lek», un coro de notable parecido con el canto de las ranas bajo la lluvia vespertina.
De la nada llegó un viento que acarició el claro. Un trueno rugió en la distancia azulada.
Cuando se repartía entre los hombres exhaustos el banquete ceremonial a base de pollo y pan de maíz con pipas, empezó a llover: un chaparrón estival, ligero y refrescante. Señal, dijo el hmem, de que Chac había recibido la ofrenda y se complacía con la oración de su pueblo. Quizá pronto la tierra estaría lista para la siembra.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

ALTXERRI LAS PINTURAS MÁS ANTIGUAS DE EUROPA.

NOTICIAS:

PINTURA RUPESTRE

La cueva guipuzcoana de Altxerri alberga en sus paredes las pinturas rupestres más antiguas datadas hasta ahora en Europa, con una edad estimada, 39.000 años, 3000 más que las de Altamira, según una investigación realizada por científicos de las universidades de Cantabria, Burgos y Toulouse (Francia). El Instituto Internacional de Investigaciones Prehistóricas de Cantabria explica, en una nota, que las conclusiones de esta investigación realizada en una galería conocida como Altxerri B, han sido publicados por la revista Journal of human Evolution, una de las más importantes en el campo de la Antropología y la Arqueología Prehistórica internacional.
La investigación se remonta al año 2011, cuando los miembros de la Universidad de Cantabria César González y Aitor Ruiz decidieron realizar un nuevo estudio del conjunto rupestre de Altxerri, en el que, además de la gruta original, incluyeron la galería superior conocida como Altxerri B, donde se encuentran las pinturas datadas ahora.
Aitor Ruiz, que llevaba a cabo su tesis doctoral sobre este tema, recuerda que "desde el principio resultó evidente que se trataba de un conjunto independiente" de las pinturas de la galería inferior, por lo que uno de sus primeros objetivos fue establecer una cronología para Altxerri B. Con este objetivo, se integraron en el equipo investigador al especialista en Arte del Paleolítico Superior Inicial Diego Garate, de la Universidad de Toulouse, y al experto en Geoarqueología de la Universidad de Burgos Eneko Iriarte.
Ante la imposibilidad de fechar directamente las pinturas, ya que están realizadas con pigmentos inorgánicos, los arqueólogos recurrieron a otras técnicas mediante unas dataciones de huesos depositados al pie de las pinturas que luego vincularon con análisis de otras muestras del contexto. El estudio, financiado por la Sociedad de Ciencias Aranzadi de San Sebastián, ha arrojado una estimación próxima a los 39.000 años de antigüedad.
Para contrastar si esas fechas podían ser asimiladas a la época de realización de las pinturas, se recurrió a otro tipo de evidencias como la similitud formal con pinturas de distintas cuevas de cronologías similares. Al mismo tiempo, se efectuó un estudio geológico que determinó la independencia de los yacimientos de la gruta de Altxerri y de la galería denominada Altxerri B, cuyo acceso había quedado sellado hacías miles de años, "lo que avala la antigüedad de las pinturas" ahora datadas.
El conjunto rupestre de Altxerri, ubicado en Aia (Gipuzkoa), fue descubierto en 1962 e inmediatamente estudiado por el investigador Joxe Miguel de Barandiarán, aunque posteriormente fue vuelto a analizar por los arqueólogos Jesús Altuna y J.M. Apellániz, quienes publicaron una nueva monografía en 1976. Destaca en la cavidad un importante conjunto de pinturas del período Magdaleniense reciente (entre 14.500 y 11.700 Antes del Presente), que incluye 68 bisontes, 7 renos, 6 cabras, 5 caballos y 4 peces, además de un ciervo, un oso, una serpiente y otras muchas unidades de distintas especies animales.
Todo ello le hizo merecedor de su inclusión, junto a otros conjuntos rupestres paleolíticos cantábricos, en la Lista de Patrimonio Mundial de la Unesco en 2008. Desde 1966 existían, además, referencias a una galería superior con pinturas rojas, la cual sin embargo nunca había sido estudiada en profundidad hasta ahora.
FUENTE-El País.


IRSE DE VACACIONES EN EL SIGLO XVIII.

CURIOSIDADES:

En las ciudades italianas del siglo XVIII, cuando se acercaba el verano muchos ciudadanos eran presa de una inquietud. De forma muy parecida a como ocurre hoy día, todos se ponían a pensar en sus próximas vacaciones. «¿Dónde os vais de vacaciones este año?» «No sé; todavía no lo he decidido», decían en sus conversaciones. Quedarse en la ciudad durante el verano era inconcebible: «¡Un año sin vacaciones! ¿Qué dirían de mí? No me atrevería a mirar a nadie a la cara». La envidia por los que se iban era insoportable: «Todo el mundo se va al campo y no quiero que digan que yo me quedo aquí de guardián».
Así hablaban, al menos, los personajes de Carlo Goldoni, el gran escritor veneciano que dejó en sus muchas obras de teatro un excepcional retrato de la sociedad de mediados del siglo XVIII. Para Goldoni, «la diversión inocente del veraneo en el campo se ha convertido, en nuestros días, en una pasión, un desvarío, un desorden». En realidad, en el siglo XVIII no se hablaba de veraneo sino de villeggiatura. El término hacía referencia a las villas, residencias campestres que se hicieron muy populares en el Renacimiento. Los patricios de ciudades como Roma, Florencia o Venecia acudían cada año a esas casas, a veces auténticos palacios –como los diseñados por el famoso arquitecto Palladio–, para supervisar las labores en sus fincas agrícolas y de paso disfrutar de un tiempo de calma y de contacto con la naturaleza.
Esas estancias solían ser cortas; tan pronto como había concluido la cosecha o la vendimia, los señores retornaban a la ciudad a cumplir con sus obligaciones. En la primera mitad del siglo XVIII, en cambio, la estancia en villa, la villeggiatura, cambió de carácter. Para empezar, el período se alargó; en Venecia había incluso dos temporadas, de mediados de junio a mediados de julio y de principios de septiembre a mediados de noviembre; en total, casi cuatro meses, aunque es cierto que a veces las mujeres se quedaban mientras los maridos trabajaban en la ciudad. Pero la principal diferencia con el pasado es que la estancia no se dedicaba a cuidar del campo, sino a la simple y pura diversión. Un anciano de una obra de Goldoni daba testimonio del cambio: «En mis tiempos, cuando era joven, se anticipaban las villeggiaturas y el retorno. Hecho el vino, se volvía a la ciudad. Pero entonces se iba a hacer el vino, ahora se va para divertirse, y todavía se está en el campo cuando empieza a hacer frío y se secan las hojas de los árboles».

martes, 24 de septiembre de 2013

HALLADA EN ALBANIA UNA NAVE DE 1.7000 AÑOS CON ÁNFORAS ESPAÑOLA.S

NOTICIAS:



Arqueólogos albaneses han descubierto en la bahía de Durrës una nave mercantil de más de 1.700 años de antigüedad, con una carga mixta de ánforas africanas y españolas, que la convierte en la segunda embarcación de este tipo hallada en el mar Adriático y la decimoséptima en el Mediterráneo.
El pecio fue encontrado a 18 metros de profundidad en las aguas del golfo de Durrës, la mayor playa y principal puerto de Albania, por una expedición albanesa del Instituto de Arqueología, que comenzó sus trabajos en mayo y espera concluirlos en octubre.
El jefe de la expedición, el arqueólogo Adrian Anastasi, está muy satisfecho por este hallazgo, pues es la primera vez que en sus trabajos se topa con una nave de carga mixta, algo sumamente raro.
El pecio ha sido bautizado Dyrrachium III y su carga está compuesta de ánforas africanas de tipo I, II y III, y españolas del tipo Almagro 51c o Lusitania 4.
Estas ánforas fueron fabricadas en el norte de África y en el sur de España y servían para transportar vino, aceite y salsas de pescado.
"Hemos identificado y sacado del mar 118 objetos arqueológicos, ánforas y fragmentos de ánfora, hemos hecho la documentación, el plano y dibujos subacuáticos del naufragio", afirmó a Efe Anastasi, quien después de estudiar arqueología marina en Génova (Italia), regresó a Albania para trabajar en el Instituto de Arqueología.
Según el especialista, el cargamento del barco hundido eran mercancías de costoso valor monetario, seleccionadas con sumo detalle para satisfacer los especiales gustos de los aristócratas del tiempo en Iliria.
Este vasto territorio, donde vivían, entre otros, los antepasados de los actuales albaneses, se encontraba bajo la ocupación del Imperio Romano que en aquellos siglos experimentó su consolidación.
Del total de 118 piezas descubiertas hasta ahora tan solo tres no han sido identificadas, que según los primeros análisis de la cerámica también podrían proceder del sur de España, o Hispania como se llamaba entonces, aunque no pertenecen al tipo Almagro.
Se trata de tres tipos aún no identificados en el Mediterráneo, por lo que si se confirman los análisis, podría hablarse de "un gran hallazgo", dijo Anastasi, que desde 2005 ha encontrado otros dos pecios en la bahía de Durrës.


Durrës, la mayor puerta de entrada hacia los Balcanes Occidentales, llamado Epidamn por los colonos helenos y Durachium por los romanos, heredó una gran riqueza arqueológica por ser una de las urbes más antiguas de Albania y de todo el Mediterráneo.
En el centro de la ciudad se sitúa un anfiteatro construido en el siglo II d.C con un aforo para 20.000 personas, uno de los grandes monumentos más atractivos del país, mientras que el mosaico "La Bella de Durrës" es uno de los más antiguos de Europa.
Desgraciadamente, las ruinas estás amenazadas por las construcciones ilegales y la riqueza subacuática por los cazatesoros, que desde hace 23 años se aprovechan de la ausencia de control estatal.
En Albania no existe la arqueología subacuática, tampoco un museo y laboratorio especializado en ese campo, mientras que las exploraciones de la costa albanesa se financian con donaciones extranjeras, ya que las ayudas del Estado son prácticamente nulas.
Anastasi creó en 2001 el Centro de Estudios Marítimos y Arqueología Subacuática, y uno de sus colaboradores es el español Xavier Nieto, una de las figuras más célebres de arqueología marina mundial.
El arqueólogo albanés ha trabajado con italianos, suizos, y actualmente está dirigiendo un proyecto con los estadounidenses de RPM Nautical Foundation con sede en Florida para elaborar el mapa arqueológico subacuático de la costa albanesa.
Actualmente se escanea la costa sureña del Jónico en la que se han identificado restos de naves que datan desde el siglo VI a.C hasta el IV d.C, y otras más modernas que pertenecen al Medievo y a la Primera y Segunda Guerra Mundial.

FUENTE:El País

VICTORIAS NAVALES ESPAÑOLAS.

CURIOSIDADES:


La unión entre las Coronas de Castilla y Aragón dio el pistoletazo de salida a la creación de una poderosísima Armada, cuyo primer hito llegó con el descubrimiento de América (1492), que otorgó casi súbitamente a España la hegemonía en los mares. Fue el preludio de un imperio que alcanzaría su mayor apogeo durante los siglos XVI y XVII.

Una vez asegurado el control sobre el comercio con América, la Armada se planteó ir mucho más allá. España fue el primer país en circunnavegar el globo gracias a la expedición de Magallanes y Juan Sebastián Elcano (1519-1521), primer paso para establecer un comercio fluido entre América y las recientemente conquistadas Filipinas. Durante el reinado de Felipe II, Andrés de Urdaneta descubrió, además, una nueva ruta comercial entre ambas tierras.

La Armada fue pionera en la introducción de varias novedades en la tipología de los navíos. Los españoles utilizaron por vez primera las fragatas, unas embarcaciones más ligeras que los navíos de línea e ideales para la guerra naval y submarina. Las galeras como arma de guerra, tan célebres y temidas en las campañas italianas del Gran Capitán al servicio de Fernando el Católico, simbolizaron ese poderío. Durante el reinado de su sucesor, Carlos I, se potenciaron las naos, equipadas ya con cañones y con el castillo de proa y el alcázar a popa, a la vez que se asentaban los galeones, unas embarcaciones con casco redondeado y tres palos: el de mesana, el trinquete y el palo mayor.

Bajo el reinado de Carlos I, el hecho más destacado de la Armada en el Mediterráneo fue la toma de Túnez y de otras ciudades adyacentes, así como la expedición de Argel. En aguas atlánticas nuestros barcos desempeñaron un papel fundamental en la defensa contra los ataques de los piratas ingleses, que sirvieron para asegurar a la Corona la viabilidad del comercio con las ricas tierras americanas, sin que nadie cuestionara esa hegemonía.

A esta seguridad en los mares contribuyó, en gran medida, la ordenanza de 1543 por la que se establecían dos flotas anuales conocidas como flotas de Indias. Una de ellas era la de Nueva España, que partía de Sanlúcar de Barrameda con destino a las Antillas Mayores, y otra la de Tierra Firme, que se dirigía a las Pequeñas Antillas. Ambas tenían como objetivo transportar cargamentos desde América hasta la Península.

El advenimiento de los Borbones supuso la reorganización de la Armada, con la institución en 1714 de un órgano centralizador, la Secretaría de la Armada. El ministro José Patiño fue uno de los impulsores de esta reforma, fundando los astilleros de Cádiz y Ferrol, en los que se armaron decenas de barcos.

Sin duda, esa modernización resultó muy positiva para nuestra Armada, que infligió uno de sus mayores varapalos a la Royal Navy en el sitio de Cartagena de Indias.

Durante el siglo XVIII, La Habana se convirtió en el principal astillero, en el que se armaron nada menos que 197 barcos. Las convulsiones políticas que acecharon España durante los siglos XIX y la primera mitad del XX hicieron, sin embargo, que nuestra Armada quedara en un segundo plano, situación que hoy se está revirtiendo, puesto que en la actualidad es una de las más poderosas del mundo con unos 25.000 efectivos y 98 buques.

A principios del siglo XIX se produce un punto de inflexión en la hegemonía del poderío naval español. La batalla de Trafalgar (21 de octubre de 1805), “el último gran combate naval a vela y uno de los más sangrientos”, en palabras de nuestro colaborador Marcelino González, constituyó la principal derrota de nuestra Armada, si bien tampoco fue la ruina absoluta. Tuvo lugar durante las guerras napoleónicas, cuando España apoyaba a Francia y Reino Unido lanzó una ofensiva encaminada a derrotar al emperador francés y sus aliados.

Por parte británica, el gran protagonista de la batalla fue el almirante Nelson, Comandante en Jefe de la flota británica, que falleció por las heridas recibidas en el curso del combate, y, por el lado español, Federico Gravina, Capitán general de la Armada. La flota franco-española sufrió una abrumadora derrota: el comandante francés Villeneuve fue capturado por los ingleses, mientras que Gravina consiguió escapar, pero murió a los pocos meses por las heridas sufridas. Según diversas fuentes, el número de bajas en la flota combinada ascendió a 6.000, entre ellos algunos de nuestros marinos más insignes, y se destruyeron 23 navíos aliados, diez de ellos españoles; en tanto que los británicos sufrieron unas 3.000 bajas y salvaron buena parte de su flota.

Y si el siglo XIX se inició con una derrota sin paliativos, no terminó de mejor manera. En 1898, Estados Unidos declaró la guerra a España a cuenta de Cuba, con la esperanza de minar un imperio ya en franca decadencia.

En esta ocasión, la Armada española estaba mal preparada y la voluntad política del país, dirigida por un indeciso Sagasta, no ayudó al buen resultado de la guerra. La incipiente Armada estadounidense mostró, en cambio, una gran agilidad, consiguiendo dos importantes victorias: una en la batalla de Cavite (Filipinas) y otra en Santiago de Cuba, cuando la flota española se vio obligada a escapar a mar abierto.

Una vez dado el golpe de gracia a la Armada española, los estadounidenses iniciaron una ofensiva terrestre en Puerto Rico, con lo que el Imperio español sufrió una notable merma en su extensión, y en la hegemonía que un tiempo atrás había perdido ya en los mares.

Por: Alberto de Frutos